Congregación - Colegio San Pablo

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Congregación


Los comienzos tuvieron lugar, oficialmente, el 15 de enero de 1535, fecha de la Bula Pontificia de aprobación, pero sus primeros pasos se remontan a unos años antes, con un grupo de jóvenes reunidas en torno a Ludovica Torelli, condesa de Guastalla, en una casa cerca de la basílica de 5. Ambrosio en Milán. Bajo la dirección espiritual de Fray Battista de Crema, dominico, la joven condesa había abandonado su vida de lujo y de placer para entregar sus riquezas y su propia persona a una vida de buenas obras. Por mediación del común director espiritual, sus caminos se cruzaron con los de Antonio Mª Zaccaría que, recién ordenado sacerdote, se había trasladado de Cremona a Milán. Con la ayuda espiritual del joven sacerdote, la pequeña comunidad se dedicó a una intensa vida de oración, con sencillez, humildad y un gran espíritu de penitencia, tanto más ejemplar si se piensa que muchas de ellas procedían de la misma nobleza milanesa y estaban por tanto acostumbradas a otro tipo de vida.

Una vez recibida la aprobación pontificia, iniciaron una etapa intensa de formación para la misión a la cual las destinaba su joven fundador; bajo su guía ardiente y entusiasmada se prepararon a "desplegar sus banderas", es decir, a una vida de apostolado activo, al lado de los padres Barnabitas, siendo su ideal la perfección espiritual y el apostolado directo.

Por inspiración de una joven novicia asumieron el nombre de Hermanas Angélicas de 5. Pablo, que resumía todo un programa de vida: ser como los Ángeles por la pureza de las costumbres y la santidad de vida, e imitar a S. Pablo en el ardiente amor a Cristo Crucificado y en la entrega apostólica.



Vicenza, Verona, Venezia, Brescia y Ferrara fueron las primeras ciudades en las que se desarrolló su apostolado iniciado en 1537 al lado de los Padres Barnabitas. Su tarea específica en las "misiones" era la catequesis, el cuidado de los huérfanos y de los enfermos y, sobre todo, la reforma de los monasterios que, por razones históricas y sociales, en aquella época eran muy poco "Casas de Dios".

La "familia" fue aumentando, pero la decisión del Concilio de Trento de que todas las mujeres consagradas tenían que vivir en clausura, vino muy pronto a mutilar el primitivo programa de vida activa, que resultaba ser un anticipo histórico demasiado grande. Fue así que las Angélicas, nacidas para "desplegar sus banderas y anunciar por doquier el espíritu vivo", se vieron obligadas a asumir una vida claustral.

Desde su clausura siguieron irradiando santidad, tanto que el santo obispo de Milán, Carlos Borromeo, las honró siempre con su estima y protección y las llamó "las piedras mas' preciosas de su mitra episcopal". No pudiendo ya acudir en persona a los diferentes campos de acción pastoral, acogieron en sus monasterios a las adolescentes deseosas de una verdadera educación cristiana, y ofrecían, a cuantos acudían a ellas, consejo, palabras de aliento, impulso para una vida espiritual y piadosa.

En el año 1810, un decreto de Napoleón obligó a las Angélicas que no quisieron abandonar su vida de consagración, a concentrarse, junto con monjas de otras órdenes, en el Monasterio Mayor de Milán, con la prohibición explícita de recibir nuevas vocaciones. En 1848 falleció la última Angélica, la M. Mª Teresa Trotti Bentivoglio.

Todo parecía terminado, sin embargo, los designios de Dios eran otros. A finales del siglo pasado, los años previos a la canonización del Fundador, Antonio M.~ Zaccaría, estimularon un creciente interés hacia su persona y su obra. Uno de los frutos de este interés fue el deseo de ver renacer la rama femenina por él fundada. Artífice de este resurgimiento fue el Barnabita Pío Maun, con la colaboración de dos jóvenes de Cremona: Antonia Corbellini y Cristina Caravaggio, que el 21 de noviembre de 1879, en la ciudad de Lodi, dieron inicio a la primera comunidad de la renovada congregación, obviamente de vida claustral. De Lodi pasaron a Crema y, por fin, a Milán, la ciudad que las había visto nacer siglos atrás.

Pasados los primeros tiempos, de escasez, incluso numérica, se fundaron otros monasterios: Fivizzano y Arienzo. Desde este último se dieron los primeros pasos para volver al ideal primitivo de vida activa. Artífice de este paso tan trascendental fue la M. Juana Bracaval, una mujer generosa, entregada y de honda vida de fe, esperanza y caridad. Confiada totalmente a la Divina Providencia y dócil a su director espiritual, que era un Padre Barnabita, había dejado su patria, Bélgica, para servir a Dios en una orden prácticamente desconocida y en un país extranjero. Hoy su proceso de beatificación va por buen camino, habiendo sido declarada Venerable justamente este año centenario de la canonización del Fundador. Dulce y enérgica a la vez, generosa y piadosa, dio los pasos necesarios para que el monasterio de Arienzo fuera autorizado a quitar la clausura. Le siguieron los monasterios de Milán y de Fivizzano, y el 5 de julio de 1926 un Decreto Pontificio declaraba resurgida la Congregación de las Hermanas Angélicas haciendo "revivir a las Angélicas de S. Pablo, que tuvieron a S. Antonio Mª Zaccaría como padre y fundador" (palabras textuales del citado Decreto). El mismo año se celebró el primer capitulo general en el que resultó elegida como primera Madre General la propia M Juana Bracaval.

Sucesivamente la Congregación ha ido alargando su radio de acción. Hoy está presente, además de en Europa (Italia, Bélgica, España, Portugal, Kosovo, Albania y Polonia), en América (Brasil, Chile, Estados Unidos), en Asia (Filipinas e Indonesia) y en África (Zaire y Rwanda). Nos dedicamos principalmente a la educación cristiana en la escuela y en otras obras juveniles, pero también trabajamos en misiones, en residencias de ancianos y en obras sociales.

 
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